CRÍTICA
por Mateo
Sancho Cardiel

No hay mejor aval para "La
novena puerta" que el beneplácito de Arturo
Pérez-Reverte. El conocido escritor, que ha visto
"sacrificadas" algunas de sus obras
como "La tabla de Flandes", quedó ampliamente
satisfecho con la forma que Roman
Polanski
había dado a su novela "El
club Dumas". En su adaptación
cinematográfica, ha eliminado algunas historias
secundarias, ha dado un extraordinario ritmo a la
trama y, lo más importante, ha sabido plasmar la
intensa descriptiva característica del escritor.
Los primeros cambios han sido el
traslado de la acción inicial de Madrid a Nueva
York y el cambio del nombre del protagonista: de
Lucas a Dean Corso, un sabueso de los
coleccionistas de libros que se enfrenta a su
caso más arriesgado: confirmar la autenticidad
de "Las nueve puertas del reino de las
sombras", un libro de Ariste de Torchia,
pero, según la leyenda negra, escrito por el
mismísimo Satanás. Este truculento viaje le
llevará a Corso desde la ciudad de los
rascacielos a un enigmático Toledo, desde París
hasta un precioso castillo escocés. En su camino
se cruzarán el amor, el odio, la codicia, el
fanatismo, la religión, la vida y la muerte.
Toda una espiral de la que Corso, una vez metido,
no podrá salir hasta que no haya concluido su
descenso a los infiernos.

"La novena puerta" es la
última película de Roman Polanski tras la
sonada cancelación de "The
Double",
empezada a rodar con John Travolta e Isabelle
Adjani en
París. En ella retoma un tema que ya le reportó
uno de sus más clamorosos éxitos en "La
semilla del Diablo": la figura de Lucifer,
objeto de culto y fascinación de muchos
cineastas, pero cuya grandeza requiere la
sutileza de un maestro como Polanski para no caer
en el ridículo o en el tedio. Con esta
película, el director polaco se nos
presenta con una madurez pasmosa tras la cámara,
capaz de poner la tan criticada tecnología
moderna al servicio de las mejores esencias del
cine clásico: cada toma es una lección
de verdadero cine, demuestra una soberbia
dirección de actores (aunque su mujer en el
reparto se nota algo forzada) y, a su vez, sabe
rodearse de estupendos profesionales de la
técnica: la fotografía dota a la película de
su siniestra atmósfera, los decorados casi
transmiten al espectador el aroma de anticuario y
la música es majestuosa.
En el reparto, además de Emmanuelle
Seigner, la
esposa del director, encontramos a un
magnífico y envejecido Johnny
Depp,
el mejor actor de su generación y todo un
prodigio de versatilidad, a una turbadora Lena Olin, una actriz que ha sido
desaprovechada por Hollywood, y un veterano Frank
Langella.

Pero el
gran mérito de esta película es que, con toda
esta galería de buenas cualidades y una técnica
tan arrebatadora, la fascinante historia no
desmerece sino que destaca por encima de ellas.
Afortunadamente para el espectador, las dos horas
y cuarto se viven intensamente, se paladean como
el buen vino. La primera hora y media es pura
orfebrería, destacando la contundente
presentación de personajes, y, aunque durante un
momento parece que cae en lo convencional, en
realidad toma carrerilla para un final que, pese
a no ser deslumbrante, tiene la virtud de
prestarse a múltiples interpretaciones que
darán pie al siempre gratificante comentario
posterior. De visión obligada.
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