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Dirección: Gary
Fleder.
País: USA.
Año: 2001.
Duración: 113 min.
Interpretación: Michael
Douglas (Dr. Nathan Conrad), Brittany Murphy
(Elisabeth Burrows), Sean Bean (Patrick Koster),
Skye McCole Bartusiak (Jessie Conrad), Famke
Janssen (Aggie Conrad), Jennifer Esposito
(Detective Sandra Cassidy), Guy Torry (Martin J.
Dolen), Oliver Platt (Dr. Louis Sachs), Shawn
Doyle (Russel Maddox), Victor Argo (Sydney
Simon).
Guión: Anthony
Peckham y Patrick Smith Kelly; basado en la
novela de Andrew Klavan.
Producción: Anne
Kopelson, Arnold Kopelson y Arnon Milchan.
Coproducción: Andrew
Klavan y Nana Greenwald.
Música: Mark
Isham.
Fotografía: Amir M. Mokri.
Montaje: Armen
Minasian y William Steinkamp.
Diseño de producción: Nelson
Coates.
Dirección artística: Dennis
Davenport y Kim Jennings.
Vestuario: Ellen
Mirojnick.
Decorados: Carolyn
Loucks y Justin Scoppa Jr.. |
CRÍTICA
Tònia
Pallejà
Sin
novedad en el frente
 ¿Por qué alguien
como Michael Douglas, al que
uno le supone una cierta libertad a la hora de
escoger papeles, siempre interpreta el mismo tipo
de personajes, cuando en Jóvenes prodigiosos consiguió
su mejor trabajo hasta la fecha? ¿Por qué una
notable novela policíaca acaba siendo convertida
en un thriller de blockbuster? ¿Por qué
los niños secuestrados de las películas de
Hollywood dan tanta rabia que a uno le importa
bastante poco lo que les pueda suceder? ¿Por
qué las puertas de los apartamentos
norteamericanos tienen el grosor de una rebanada
de pan bimbo y están protegidas por una débil
cadena de seguridad, más aún si se trata de un
piso en la zona alta de Nueva York y el cine es
el primero en advertirnos de que hay un loco
peligroso suelto a la vuelta de cada esquina -ya
se llame Hannibal, Jason o Henry-? ¿Por qué
siempre se las ingenian para meter un desfile por
medio en cualquier persecución, a través del
cual el protagonista escapa o se esconde? ¿Por
qué el malo siempre tiene cara de malo y hay un
malo bueno o menos malo que siempre lleva el pelo
largo y tatuajes? ¿Por qué si ha de haber un
gracioso parlanchín siempre se le reserva este
papel al personaje negro? ¿Por qué el policía
-en este caso la policía- que lleva el caso,
siempre se enfrenta solo a la banda de criminales
sin pedir ni un solo refuerzo? ¿Por qué en
cualquier película sobre psiquiátricos o en la
que aparece un enfermo mental, la terminología
usada, los comportamientos mostrados, y las
explicaciones dadas tienen más que ver con la
ciencia ficción que con la realidad de la
práctica clínica? ¿Por qué uno se acaba
enterando de todo a través de las rejillas de
ventilación que comunican los diferentes pisos?
¿Por qué ellas siempre caen o resbalan en el
momento menos propicio pero si tienen una pierna
escayolada son capaces de las mayores hazañas?
¿Por qué se condena a Brittany
Murphy a papeles de trastornada psíquica
después de Inocencia
interrumpida, pero en esta
película se le da un aire más cercano al
personaje que interpretaba Anjelina
Jolie?
Todos estos tópicos y preguntas sin
respuesta, y muchos más, se dan cita de la mano
en el último trabajo de Gary
Fleder, basado en la novela de Andrew
Klavan ganadora del premio Edgar de Novela
Policíaca. Y es que Ni una palabra repite
el archiconocido esquema del profesional con
éxito y vida familiar no menos apacible al que
unos despiadados delincuentes fuerzan a llevar a
cabo un trabajo para ellos en un tiempo límite,
a cambio de no hacer daño a un ser querido al
que han secuestrado. Las investigaciones
paralelas de un tenaz policía y un personaje
insondable que tiene la clave son otros de los
valores seguros que no pueden faltar en todo
thriller al estilo que se precie.
 No habría mucho más
que añadir. Al principio la película ya te
suena a déjà vu, pero a medida que
avanza aún mantiene un cierto interés,
esperando ver cómo relaciona un atraco, un
secuestro, un cadáver aparecido en el río y a
una joven mentalmente alterada con un dígito de
seis cifras. Aunque uno ya sospecha -dos horas no
dan para mucho- que la cosa se va a forzar hasta
límites extremos y que la solución va a ser tan
rocambolesca como absurda y previsible. El
ritmo es ágil sin conseguir mantener la
atención más allá de su mitad, el lenguaje
fílmico nada innovador, y los personajes menos
creíbles que la propia historia, pero
la película te puede hacer pasar el rato cuando
no tienes mejor forma de matar el tiempo.
Gary Fleder ( Cosas
que hacer en Denver cuando estás muerto), que ya
se encargó de llevar a la gran pantalla la
adaptación de otro bestseller con El
coleccionista de amantes, consigue
en esta ocasión otro producto de consumo en la
misma línea.
Imágenes
de Ni una palabra - Copyright © 2001 20th
Century Fox, New Regency Pictures, Village
Roadshow Productions, NPV Entertainment, Kopelson
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